Ilumina mi libertad: Desde la narrativa en una crónica parte 4
Quedamos atrapados entre el Zócalo y las jardineras ubicadas entre Madero y 5 de mayo. Hay quien comienza a gritar que esta última esta cerrada con vallas. Que no hay salida. Yo sigo callada. Un poco molesta por haber perdido un buen lugar ante la desesperación de quien está conmigo. En nuestra actual ubicación siento más empujones y poco espacio. De hecho ya no puedo tomar fotos y siento mi experiencia un tanto limitada a mis expectativas.
Las campanadas de Catedral me reaniman. "Mexicanos al grito de guerra...", una estrofa que me revitaliza. La sensación de una unión y una comunión hace cimbrar las fibras del Zócalo Capitalino. La noche ha quedado iluminada con la bandera de la paz. Con las ansias de libertad. Con la necesidad de erradicar la violencia y la impunidad. Cada vela es una luz que clama por justicia. Que grita contra el miedo. En esos 10 minutos que doblaron las campanas todos fuimos México. El blanco fue nuestra prenda en común, pero más lo fue el clamor popular de una solución ante la inseguridad.
Catedral guardó silencio. Comenzamos a caminar hacia la calle de Tacuba rumbo a Bellas Artes. Ahí una larga fila para ingresar al Metro. Seguimos nuestro recorrido. Los ambulantes continuaban su negocio: tazas, llaveros, bandanas, playeras, vasos. La muestra testimonial, según ellos, que garantizaba que uno había estado en el evento. Seguimos nuestro recorrido por Balderas. Nos amparaba un gran número de "blanquitos". Muchos con rostros cansados, cuerpos agotados. Tras cruzar (y retar) a la Ciudadela acompañados de desconocidos de blanco, optamos por subir al metro. Sí, el cansancio comenzaba a hacer estragos. Al bajarnos en Sevilla, los Dioses ya no se quisieron compadecer más de los capitalinos y decidieron iniciar un tremendo aguacero. Buscamos refugio en una tiendita. No fuimos los únicos. Un taxista apareció entre la tormenta y nos llevó hasta nuestro auto. De ahí, a comer algo. Eran pasadas las 10 de la noche. En unos famosos tacos del sur de la ciudad, había una larga lista de espera. Todos vestían de blancos. Muchos con prendas empapadas. Pero ahí estabamos todos, con una sonrisa de satisfacción. Evocando el "México, sí se pudo".
Muchos quizá fueron por la borregada, por salir en las páginas de sociales o nada más para ver, pero en su mayoría, las voces reunidas y cada vela encendida estabamos ahí por la necesidad imperiosa de hacer algo. De ser escuchados. De exigir una solución. De terminar con la apatía. Y entre todos nos cuidábamos, nos ayudábamos, nos protegíamos. Quizá mañana muchos olviden esa comunión y ese conjunto. Pero queda claro que una sociedad puede unirse, puede exigir, puede hacer un petición positiva. Puede tomar las calles para exigir una verdadera respuesta. Mañana quizá el automovilista que se me cierre en un cruce porque se le ha hecho tarde, sea aquel señor que estaba al lado mío.
No importa, porque la vida sigue, pero desde otra perspectiva.
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